"En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente"

(Khalil Gibrán)

martes, 26 de febrero de 2013

Descubriendo a: Amor de Primavera.

Un día cualquiera me encontré con ésta fotografía que llamó poderosamente mi atención:



Para mí, la imagen muestra a un James Dean atribulado, algo inestable, cayendo en un vacío hondo y oscuro. Casi instantáneamente vino a mis oídos un track de quien por estos días es mi musa inspiradora, Lana del Rey. La canción se llama Blue Jeans y versa sobre un amor intenso, algo oscuro y obsesivo.  (Letra en español)





Mi mente comenzó a divagar en cuanto conecté mis audífonos y pulsé play en el ordenador. Poco a poco fui creando una historia: un joven James Dean atractivo y fatal; una muchacha ingenua, enamoradiza, que vive en la flor de su juventud. Ambos caen enamorados, pero su amor se torna oscuro y destructivo.


 Él se transforma en un ser desequilibrado y violento, mientras ella se deja arrastrar por una atracción fatal. El final es, quizás, un poco obvio, pero, en mi defensa, no hay nada que yo hubiese podido hacer, la historia se escribió prácticamente sola, yo sólo pulsaba las teclas. 

Algunos pasajes fueron cortados de la historia porque no era mi intención hacer énfasis en los episodios de sangre sino en la fatalidad del amor. Es un tópico que me acomoda mucho, no sé por qué. 

 ¿Qué opinan ustedes? ¿Les gustó?

 :)




viernes, 22 de febrero de 2013

Amor de Primavera




Hay quienes dicen que nuestro destino está trazado desde el día en que nacemos. Hay quienes atribuyen al cielo y su infinidad de estrellas soberbias y  relucientes como diamantes  la facultad de decidir lo que será de nuestra vida. Y también hay quienes dicen que somos nosotros mismos quienes dibujamos nuestro propio sino.

Mi fortuna fue escrita una tarde en la primavera de mi juventud, cuando apareciste en esa esquina del parque en tus tejanos azules y tu ajustada camiseta blanca y te acercaste a mis amigas y a mí para preguntarnos la hora. Tus pies te llevaron hacia nosotras, enfundados en tus lustrosos botines de charol, sin saber que a cada paso que daban una nueva línea era trazada sobre el plano de mi destino.
Todo el mundo quiso advertirme sobre ti. Pero el mundo entero no hubiese conseguido aclarar mi conciencia, pues desde aquella tarde fresca no conseguía despertar del ensueño creado por tu despreocupada sonrisa de dientes blancos y parejos y tu verde mirada indiferente que parece comunicar un continuo aburrimiento, y que en realidad no es más que es un reflejo de tu eterna melancolía. El mundo entero no hubiese podido quitar tu imagen de mi cabeza, con tu indomable cabello dorado peinado hacia atrás formando ondas infinitas, salvajes, y tus labios sellados en torno a ese cigarrillo siempre encendido que perfuma tu ropa y presta a tu imagen un dejo de elegancia.
Mis padres protestaron, dijeron que no tenías estudios y que no eras capaz de conservar un trabajo por más de tres semanas, que carecías por completo de talento o abolengo, pero mis oídos estaban embelesados por el sonido de tu voz rasposa e insolente y en mi cabeza no resonaban otras palabras distintas de las tuyas.
¿Recuerdas la primera vez que dijiste que me amabas? Estábamos sentados en el borde de la cuneta, recordando los nombres de nuestras canciones favoritas de Elvis y de pronto me abrazaste y clavaste tu mirada cansina en mis ojos burdos de niña tonta e ingenua y susurraste que me amabas. Dos palabras que encerraron una sentencia definitiva e irrevocable.
¿Recuerdas ahora la primera vez que hicimos el amor? Fue sobre el asiento trasero de tu primer coche. Lo compraste en un mercadeo de segunda y mandaste tapizar los asiento en cuero blanco, casi puedo oler el perfume del cuero rondando en el interior. Recuerdo nuestros cuerpos sudorosos restregándose uno contra el otro, mis manos temblorosas recorriendo tu espalda y tu mano suave y delgada de largos de dedos blancos acariciando mi cabello y mis mejillas. Dijiste que me amabas unas cien veces esa noche.
Repetías que me amabas muy a menudo. Lo decías siempre con un tono distinto, a veces lo susurrabas muy despacio, como un niño tímido y discreto, y  en otras lo gritabas con tu voz  ronca impertinente  para que el mundo entero lo oyera.
Pero de un tiempo a otro olvidaste cuánto me amabas. O tal vez era que me amabas demasiado  y eso te enloquecía.
Tus arranques de locura eran espantosos. Tus ojos de mirada floja y ausente de pronto se tornaban agudos y asesinos como dos cuchillos afilados, tus labios se retraían hasta perder toda suavidad y tu boca se transformaba en una grieta horrorosa que dejaba ver una dentadura de lobo. Me aterrorizaban tus manos, que se apretaban en torno mis brazos como pinzas y no me soltaban hasta que dejaban en mi blanca piel su huella violácea. ¿Es posible acaso que tanto amor se transforme en odio?
Cualquier cosa podía detonar tu furia. Una palabra equivocada, una mirada desafiante, un gesto despreocupado. Una vez amenazaste con desfigurar mi rostro si volvía a reírme de tu camiseta rota. Dijiste incluso que cortarías mis dedos si insistía en arreglar tu cabello feroz.
¿Recuerdas el día en que me pediste que fuera tu esposa? Dijiste que no podrías vivir sin mí, que tu vida estaba vacía si yo no estaba a tu lado. ¡Qué absurda convicción!
Recuerdo perfectamente la expresión de tu rostro cuando te respondí que no, que no podía ser tu esposa, que ya no me sentía segura estando a tu lado. Tus ojos se inundaron de lágrimas y tu mirada se dejó caer sobre mí de una forma desgarradora. Estabas herido. Dolido hasta lo más profundo. Diste media vuelta y desapareciste más allá de mi puerta.
¿Por qué regresaste? ¿Querías probar que, sin mí, tu vida era un amasijo de emociones caóticas y sin sentido? ¿Querías que entendiera tu dolor y tu soledad?
Regresaste esa noche y no te reconocí. Si lo hubiera hecho habría conseguido escapar, habría corrido despavorida y ocultado entre las sombras. Tu mirada estaba perdida en un lugar más oscuro que la noche misma, en tu propia alma  umbrosa e inquieta. Tus ojos parecían hundidos en unas cuencas oscuras, estabas tan ojeroso que parecías un cadáver ambulante.
De pronto levantaste uno de tus brazos y lo cerraste en torno a mi cintura. No alcancé a gritar. No alcancé a correr. No alcancé a mirar al cielo para desear nunca haberte conocido. Acariciaste mi cuello con el  filo de tu cortaplumas, abriendo una oscura cascada  que envolvió mi cuerpo anodino como un gran velo purpúreo. 
¿Recuerdas mi cuerpo blanco y pequeño cubierto de sangre? ¿Recuerdas mi tonta expresión de muerta? ¿Recuerdas que dijiste que, sin mí, tu vida no tenía sentido? ¿Tiene ahora tu vida más sentido del que alguna vez tuvo? 

lunes, 21 de enero de 2013

Sobrenatural- capítulo diez (II)


¿Lo dijiste?
Antes de irte, antes de que decidieras caminar hacia la puerta y abandonarme ¿dijiste que me amabas?
Tan sólo una palabra bastaría para toda una vida de resignación. Intentar olvidarte, vivir una vida tranquila y vacía como la que llevaba antes de que tú aparecieras. Tan sólo una palabra.
Te fuiste. Me dejaste sola. ¿Me besaste antes de partir? ¿Susurraste a mi oído alguna declaración de amor?
¿Me amas?
Día a día, noche a noche, pienso en ti. Cada vez que tu nombre aparece en mis labios pierdo un poco más la razón. De un momento hasta ahora, mi vida ha llegado a depender de tu respuesta. Te necesito. Necesito encontrarte y preguntártelo a la cara ¿Lo dijiste? ¿Dijiste que amabas?
¿Me amas?

Arlene apareció en la puerta de su habitación cargando una bandeja con el desayuno muy temprano por la mañana.
—Buenos días.
Roxanne abrió los ojos con lentitud e intentó incorporarse entre las almohadas y desperezar sus miembros.
—Arlene, no tenías que…
—No te preocupes- le interrumpió- El médico dijo que debías guardar reposo ¿lo recuerdas?
—Ah, sí… el médico… —replicó, bajando la mirada.
« El médico…» repitió en su interior con un tono de lamento.
El doctor había entrado, con su bata siempre pulcra, los anteojos bien puestos y el cabello peinado hacia atrás. Traía puesta una mascarilla y unos guantes blancos, lo cual le daba un terrible aspecto de carnicero.
Se había acercado y la había saludado ocultando una sonrisa bajo la mascarilla, enseguida había retirado las sábanas que le cubrían y había comenzado a examinarla.
—Doctor…dígame ¿paró ya de nevar?
El doctor había levantado la vista y le había dedicado una mirada de extrañeza.
—No, no aún.
—Oh.
Dos segundos de silencio.
—Dígame ¿el bebé…? —pero no pudo terminar la frase porque su voz se quebró y hubo de esforzarse para no llorar.
— ¿Perdón?
Ella lo traspasó con una mirada llena de dolor.
—No había ningún bebé. Lo que sufriste fue una hemorragia sorpresiva, por lo que parece ser una endometriosis, no un aborto. No estabas embarazada, Roxanne.
Aquella última frase quedó rondando en su cabeza por el espacio de un minuto. No estaba embarazada, no llevaba un pedazo de Heath en su interior. Y todo ese tiempo ella había albergado la esperanza de que…
¿Qué clase de destino tan implacable y cruel era aquel que la condenaba a una soledad tan absoluta?
No estaba embarazada. No lo había estado nunca. La hemorragia experimentada hacía dos noches no había sido un aborto. No había bebé. Estaba sola. Siempre lo había estado.
Y entonces ya no era el dolor de una pérdida lo que sintió sino el dolor aún más intenso de no haber perdido nada, de no haber tenido nada.

—¿Roxanne?
—Sí, sí. Pon la bandeja por ahí, luego comeré. Necesito ir al baño.
—Está bien, ahora te ayudo.
—No, no. No te preocupes, estoy perfectamente. El doctor dijo que necesitaba descanso pero que estaba bien ¿lo recuerdas? No tengo endometriosis, como lo sospechaba. Estaré bien.
—Estaré abajo, por si me necesitas.
Dicho esto, depositó la bandeja sobre la mesita de noche y se deslizó por la puerta.
« Pobre chica», pensó mientras bajaba y se iba hacia la cocina. Estaba segura de que todos los males de Roxanne tenían su origen en esa pena tan grande que albergaba.
Era hora de alimentar a la abuela de Roxanne. Sirvió sopa en un plato, lo puso en una bandeja de madera, dispuso los cubiertos y un paquete entero de servilletas de papel y volvió a subir.
Judith la estaba esperando, despierta.
Arlene se quedó mirándola un rato desde la puerta antes de entrar.
—Qué tal, señora Judith.
Por momentos parecía que iba a responder. Sus ojos aún conservaban la vitalidad de la gente joven y sus facciones eran las de una mujer madura y no las de una anciana decrépita, como las que usualmente veía en Grit Town.
Grit Town. ¡Cómo odiaba ese pueblucho! Imposible no hacerlo, era tan insignificante, tan pequeño, la clase de pueblucho donde todo el mundo se conoce, donde los chismes vuelan.
« —Oye, oye. ¿Supiste la nueva historia sobre la hija de Mary Alice Compton, perdón, Beckett? Oí decir que se ligó al profesor de historia… ya decía yo que nada bueno se podía esperar de esa chica, mira nada más de dónde viene, hija de una cantinera de cascos mal ajustados y de quién sabe quién más… » « — ¿Te enteraste ya de lo último, que el esposo de Mary Alice se está acostando con su hija, con esa tal Arlene? Ya se adivinaba que a la chica le daría por menearle el trasero a su padrastro, ese camionero de San Francisco, que bien decía yo que no traía muy buenos hábitos…»
Qué fácil era para ellos hablar de aquello, así como especular e inventar las historias más insólitas. Pero en su momento, nadie estuvo allí para  impedir que ese degenerado…
Arlene se repitió a sí misma que no valía la pena recordar aquellos desagradables episodios. Mujeres murmurando, hombres que la miraban con una mezcla de lujuria y desprecio, niños que evitaban mirarla de frente. Y su padrastro, su asqueroso padrastro.
Aquella tarde, llegando del colegio, había encontrado a su padrastro solo en casa.
— ¿Así que te gusta enseñarle tus cosas a ese tipejo, eh? Ya te enseñaré yo... –había balbuceado en medio de su borrachera, mientras la devoraba con su mirada.
No, no valía la pena recordar ese incidente. La imagen de su padrastro con cara de perro viejo y hambriento, los pantalones abajo y esa cosa rígida, repugnante, entre sus piernas, era un cuadro demasiado desagradable.
Peter había llegado mucho después de la violación. La había encontrado en el baño, con el rostro ensangrentado, y los ojos hinchados. Su entrepierna también sangraba. Cuando le preguntó qué había sucedido ella le escupió sangre y saliva en el rostro. Él la ayudó a ducharse y a vestirse y después la llevó hasta su cuarto. Necesitaba dormir. Para cuando despertó el rumor de que Arlene se revolcaba con su padrastro ya había sido puesto en circulación. Y entonces ganó el título de la ramera del año de Grit Town. 


Sobrenatural- capítulo diez.


La luz del día hirió sus ojos. Había amanecido, y la luz del sol se filtraba por entre las persianas descorridas. Despegó los párpados e intentó mirar en derredor. Se reconoció en la habitación de huéspedes del segundo piso, donde había pasado la noche junto a Heath.
¿Heath?
Silencio. Soledad.
Se incorporó entre las almohadas. Sus sábanas estaban frías y libres del perfume de su cuerpo níveo. Algo había cambiado dentro de las paredes de la habitación, algo tangible.
-¿Heath?
No se oyó más que el eco de su propia voz. Y luego se hizo el silencio, implacable y frío como un campo de hielo.
Se levantó de la cama y deambuló por el cuarto, desnuda. El vacío era tangible, respirable.
— ¿Heath? ¿Dónde estás?
Pero no hubo respuesta. Recogió sus ropas del suelo y cubrió su cuerpo. Las ropas de Heath también estaban ahí, pero ya no despedían perfume alguno.
Su pulso se agolpaba en sus sienes.
Se acercó a la ventana y oteó la calle Livingstone, húmeda aún por la lluvia de la noche anterior. El sol brillaba, sereno y distante, indiferente, como un rey que observa a su pueblo desde su trono lejano. Los árboles extendían sus ramas a lo largo de la calle, los charcos reflejaban las enormes fachadas de concreto. Pensó en aquella vista como en una imagen impresa en papel cuché.
Abandonó el cuarto para buscar a Heath.
-¿Heath?
Se dirigió a su cuarto, la puerta entreabierta reveló un interior revuelto. Sus pertenencias yacían repartidas por la habitación, aunque faltaban sus maletas y sus prendas más gruesas.
-Heath -suspiró. No era un llamado sino una despedida. Su partida era tan obvia que el sólo pensar en ello la hería de una forma inesperada. Se había ido, y sin él, su perfume y su misterio tampoco estaban.
Bajó las escaleras y se dirigió al salón. Se arrellanó sobre uno de los sofás, junto a la chimenea.
¡Se había ido! ¡Se había marchado una vez más, llevándose su aliento, su energía, sus latidos, sus suspiros, todo!
Sin Heath ¿qué quedaba? ¿Qué quedaba si ella se lo había entregado todo? ¡El vacío, la soledad!
Sintió que su respiración se cortaba y ya no tuvo fuerzas para mantener su estabilidad. Cayó de rodillas frente a la chimenea apagada. Los leños estaban consumidos, el calor se había ido, y el fuego, extinto.
Se tumbó en el suelo y abandonó su mente al silencio sepulcral. Su mente era un barco a la deriva en medio de la calma, en medio de una quietud desgarradora, desconcertante, fatal.
No fue consciente hasta que oyó la puerta.
Se incorporó con lentitud y caminó hasta la puerta. Abrió. Arqueó una sonrisa mecánica y paseó sus ojos por el rostro de una joven bella y pelirroja.
—Hola.
—Qué tal. Mi nombre es Arlene. Vi el letrero que dice «posada» ¿Hay cuartos disponibles?
« Disponible… Estas puertas merecen estar disponibles únicamente para él, para sus ojos de amatista y su sonrisa de dios heleno…»
Pero la temporada estaba siendo terrible, la gente ya no acudía a las posadas como en los días de esplendor, ahora preferían aquellos hoteles enormes, vistosos e impersonales. La casa pasaba vacía la mayor parte del tiempo y todas las habitaciones estaban disponibles. Incluso la de ÉL.
-Claro, adelante.
Lo siguiente fue mera rutina, actuar por actuar, como si a cada acto se le hubiese arrancado el sentido. Condujo a su nueva huésped hacia uno de los cuartos de la segunda planta, le enseñó el resto de la casa, hablaron de dinero, de fechas, del clima, de la tranquilidad irrisoria que reinaba en la calle Livingstone.

A veces, cuando el dolor la atacaba y resurgía la idea de la soledad absoluta, salía a caminar. Caminaba cuadras enteras, los ojos perdidos, los labios sellados y un paso tan urgente que a menudo daba la impresión de estar acudiendo hacia alguna desgracia. No importaba el frío, no importaba la lluvia, era necesario caminar, caminar y caminar. Olvidar.
El dolor a veces cesaba, cuando estaba ocupada, dándole de comer a la abuela o charlando con su agradable inquilina. También cuando estaba frente al televisor encendido o con los audífonos del reproductor de música puestos. Pero después regresaba. Podía volver por las noches, mientras se batía contra el insomnio, o podía volver de día, cuando estaba quieta, cuando su mente se despejaba. El dolor le embestía, la arañaba, la dejaba malherida. El dolor era tan fuerte que sólo encontraba alivio caminando, caminando…
La nieve aquel invierno la tomó por sorpresa. Tal vez había estado demasiado ocupada evadiéndose de su dolor que no notó cuando las primeras heladas empezaron a intensificarse. Noche a noche se dormía pensado en cosas fútiles, ahuyentando de su mente el resplandor de aquella mirada violeta y el dulce bemol de su voz. Mientras, afuera, con dulce serenidad, nevaba. Los copos caían cual blancos pétalos helados. Un día, por la mañana, al descorrer las persianas, se halló con que todo había sido tapizado por la nieve.
Placer de placeres: caminar descalza sobre la nieve. Rodar en pijamas por una colina empinada y cubierta de nieve. Recostarse sobre esa superficie fría y esperar a ser absorbida, arrastrada hacia las congeladas entrañas de la Tierra.
¡Sólo la nieve podía calmar ese dolor lacerante como el de una quemadura al rojo vivo! ¡Tan sólo un frío glacial podría calmar el dolor de una vida sin Heath!

¿Era el invierno siempre tan triste en la calle Livingstone?
—Roxanne, hay un oficial en la puerta, dice que quiere hablar contigo
Bajó las escaleras y se dirigió a la sala, donde le esperaba Arlene junto a un oficial de policía, un hombre de mediana estatura y complexión firme. Lo reconoció enseguida, se trataba del comisario Hans Reismann.
—Roxanne, me da gusto verte. Me enteré de la desaparición que notificaste en la comisaría. Decidí venir personalmente porque creo que hay un error en el tipo de denuncia...
-No hay error, comisario. Agradezco que haya venido hasta aquí.
-No podía hacer menos. Pero dime ¿Se fue sin pagar este sujeto?
-Pues... -en efecto, Heath se había marchado sin siquiera pagar- No, no. Dejó el dinero en la habitación. Pero no se llevó todas sus pertenencias, sólo algunas.
-Pero era un inquilino. Los inquilinos suelen marcharse cuando más lo desean. No suelen dejar sus cosas por allí, pero... nada parece indicar que haya sido forzado o secuestrado. Lo que si llamó mi atención es que no existe ningún registro de algún Heath Knightley tal y como tú lo describes.
-Es europeo. Viene cada cierto tiempo...
El comisario Reismann la miró por unos instantes con incredulidad.
-Y ¿de dónde es, exactamente?
-Es... inglés.
Al cabo de cuatro minutos la entrevista hubo terminado. La denuncia era improcedente.

Lejos, muy lejos. Él estaba muy lejos. Por más que estirara el brazo no conseguía alcanzarlo. Aún estaba muy lejos.
La nieve caía, fría, grácil, ligera. La luz del amanecer apenas traspasaba la doble cortina de nieve y niebla. A lo lejos se oía su voz melódica como el canto de un ruiseñor. Extendió los brazos para disipar la niebla, pero ésta se hacía cada vez más densa, cada vez más tangible.
Su figura apareció de pronto, algo borrosa, recortada contra un árbol.
Caminó hacia él con los brazos extendidos, como una ciega. Era ciega en medio de la niebla y caminaba hacia el sol, hacia Heath. Pero, de pronto, Heath desapareció, y sólo quedaba la niebla que se disipaba poco a poco, dando paso a una oscuridad absoluta.
El sudor empapaba sus sienes. Su pecho ardía y su respiración se volvía cada vez más dificultosa. Se llevó una mano a la cara. Temblaba.
—¡Arlene! — Su voz era lívida.
Se levantó. Caminó a tientas hacia la puerta y salió al pasillo entre la oscuridad de la medianoche.
— ¡Arlene!
Bajó las escaleras con cuidado. Se fue hacia la puerta principal. Afuera, la nieve seguía cayendo fina, grácil, ligera.
Un pie, luego el otro. ¡Qué sensación tan grata la de caminar descalza sobre la nieve! Otro paso, y otro. El fuego no se extinguía. Otro paso, y otro más. El fuego pugnaba por seguir ardiendo. Otro paso, y luego…
— ¡Roxanne!
Fue ése, exactamente ése, el minuto cuando el fuego salió desde su interior. Salió desde su vientre, desde sus órganos más internos, y vino a desembocar como un chorro ardiente por su entrepierna.
Cuando miró, el fuego salía y salía como una llama líquida y purpúrea, eterna, imparable.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Microrelato II


Amanecer

Amanece y el sol renace a lo lejos entre montañas, coloreando el cielo de violeta y rompiendo el velo de nubes grises.
 Avanzo por el camino de piedra que se dibuja hasta la entrada del edificio. 
Comienza un día  prometedor, lleno de victorias, lleno de pequeños logros  que iluminarán mi panorama como el sol que ilumina el cielo envuelto en su manto violeta. 

viernes, 2 de noviembre de 2012

Descubriendo a Niña Bonita (Carmen)

Carmen - Lana del rey



Escribí el relato "Niña Bonita" mientras escuchaba este track en mi ordenador y recordaba escenas de la película "Inocencia interrumpida" y "Gia", ésta última basada en la vida de la modelo Gia Carangi, fallecida a temprana edad producto de las complicaciones del SIDA, la drogadicción y otros excesos.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Niña Bonita



Niña bonita camina por entre sus compañeras, esa masa informe de gente poco agraciada, con su gracioso paso de gacela y su mirada altiva de niña rubia y ojos claros, con sus labios que dibujan una sonrisita cruel y discreta que ratos se transforma en un rictus perverso. Sus zapatos de suela nuevos  no resuenan en las lozas del piso como ella quería, pero no importa, porque de todos modos son lindos y muy costosos y todas sus amigas ya notaron que tenía zapatos nuevos.
Niña bonita está en clases, sus uñas bien cuidadas, esmaltadas de color rosa pálido, castañean sobre el pupitre de madera mientras sus ojos verdes se pasean de cabeza en cabeza inspeccionando, enjuiciando. Pelos castaños, pelos sucios, pelos negros, de azabache, pelos mal cuidados, alaciados con pinzas eléctricas, recogidos en coletas absurdas y algunos hasta trenzados. Y es como si, de pronto, esos seres aburridos y anodinos que la rodean por doquier, hubiesen perdido las manos, los ojos, las bocas; seres cuya identidad se reduce a una cabellera, como la que está al frente de la clase, cortada en capas, con mechones de canas, que suelta una perorata insoportable de triángulos rectángulos y teoremas que no constituyen el interés de nadie. Termina la clase, recuerden que el trabajo se entrega el lunes.
Niña bonita conversa con sus amigas, sus amigas que también son lindas, aunque no tanto como ella porque ella sí que es linda, todos se lo repiten, sus compañeras, sus padres, su abuela y hasta el espejo del tocador. Discuten sus planes para esta noche, porque hoy es viernes y como manda la tradición todos los viernes han de irse de juerga. Empezarán la travesía en la casa de Lola, que tiene  unos sillones horribles, llenos de pelos de gato y unos padres gordos y desagradables pero que compran buen licor y son muy permisivos.
Sus padres también son muy permisivos, y también compran buenas bebidas, pero a su madre no le gusta recibir visitas los viernes por la noche, porque es cuando su marido llega más tarde y llega extenuado, directo a la ducha y después a la cama, y ella puede encerrarse a beber coñac  en el cuarto de  costura, ese cuarto cuya existencia nada justifica pues no hay nadie en la casa que sepa algo de bordados ni de costuras, ni la abuela,  que no le gusta ser llamada abuela sino Irma y que regala un billete a todos sus nieto cuando le recuerdan lo bien que quedó después de su face lifting.
La hermana Clarisa las interrumpe, les dice que sus faldas están muy cortas, que sus blusas se translucen, que mejor se pongan un suéter y que los padres de Norma no han venido a firmar el libro de ausencias. Sus padres tampoco han venido, pero Clarisa ni siquiera lo menciona, tal vez porque lo olvidó o porque sabe que no vendrán aunque los mande a buscar con arcángeles. Sus padres están muy ocupados jugando a las casitas, un juego muy divertido que vienen jugando desde hace quince años, cuando se conocieron y decidieron ver qué sucedía cuando se junta un espermio con un óvulo y descubrieron que ¡Cataplúm! Sale una Niña Bonita que les obliga a casarse porque no hay espacio en esta familia para niños mal habidos ni para hijos ilegítimos. A esa edad su madre aprendió que un vestido francés puede ocultar perfectamente un embarazo y que un juego de tazas de porcelana india y una nana inmigrante pueden ocultar perfectamente el hastío de dormir noche tras noche con una mujer frígida y un hombre malhumorado, siempre tenso, que tiene la ridícula costumbre de  llorar cuando eyacula. Pero mejor no pensar en esas cosas, se dice, mientras la hermana Clarisa aún suelta su discurso de las jovencitas decentes y de buena familia.
La hermana Clarisa tiene unas cejas enormes y un cabello corto y rizado que le dan ese aspecto grotesco de marimacho. No entiende por qué las monjas del colegio ya no cubren sus absurdas cabezas con esos tocados oscuros, mejor sería que lo hicieran, o eso, o que el Señor les permita usar algo de acondicionador, que es el mejor amigo de una mujer, según dice su abuela, que confía en ese frasco de plástico como en un santo milagroso, porque después de tanta tintura y tanta cobertura de canas “cien por ciento efectiva”, no se puede ni se debe vivir sin acondicionador. Su abuela le aconseja además que debe buscar un marido odontólogo, porque además de buen sueldo tienen buena dentadura, no como los banqueros, que tienen los dientes amarillos de tanto tabaco y café. Pero Niña bonita sabe que ése no es su destino, que ella no se casará con un odontólogo ni moverá la nariz al estilo Hechizada para que los pisos de parquet reluzcan de limpieza. Su destino es mucho más triste y gris que la versión en blanco y negro de Lo que el viento se llevó, pero mejor no pensar en ello, se repite, mejor no pensar en que después de almuerzo tendrá que vomitar todo lo que comió y que su abuela le aconsejará que se lave muy bien los dientes porque las niñas bonitas deben lavarse los dientes después de vomitar los alimentos y las penas. Niña Bonita obedece, pero luego se va a su cuarto y saca de debajo del velador una de esas píldoras que las niñas bonitas obtienen con sus lindas sonrisas o, en su defecto, con una buena dosis de sexo.
Pero basta de dramas, que es viernes, y los viernes por la noche “habrás de salir y embriagarte, y bailarás toda la noche y te irás a algún departamento del barrio alto a seguir el after hour”, dice la Biblia. Porque ese es su destino, ir de fiesta en fiesta, vestido tras vestido, zapatos, tequila, conseguir una carrera como bella modelo de portadas, mirar a miles de lectoras con sus ojos verdes desde una edición de lujo impresa en papel brillante, esos mismos ojos que mirarán el vacío con una expresión anodina el día en que la encuentren colgando del techo, muerta pero hermosa, enfundada en sus mejores galas, como hace la gente elegante cuando ha de quitarse la vida. Y el mundo la recordará, no por su bella caligrafía, ni sus ácidas reflexiones,  ni su extraña forma de ver la vida, sino por sus ojos verdes y su hermosa estampa de niña bonita.